miércoles, 8 de diciembre de 2010

Las fantásticas historias de Malituta y los argonautas de Xal' Ka

Era tarde en el Valle Ix'Ka y aquella pequeña niña de ojos claros, cristalinos y grandes, abría sus parpados al suave beso de la luz del sol, como el primer beso dorado que reciben aquellos labios pestañudos que, detrás de aquella película de piel blanda y morena, resguardan las dos perlas codiciadas por aquellos que son ciegos y a quienes se les ha negado el deseo de convertir la luz en la infnidad de formas y colores que ni la imaginación puede materializar. El viento frío, que se mueve a través del valle como un tren de agujas, calando y golpeando hasta el último nervio de aquel cuerpo femenino, silba y aulla entre las aberturas que dejan al descubierto aquellos trozos de madera que, Malituta particularmente, llama hogar; el piso, de tierra colorada y bañado por pequeñas piedras de tezóntle, que hieren los pies descalzos como vidrios mal cortados y afilados, finos y aleatorios sobre aquella cama de tierra roja, resguarda bajo él una pequeña caja de madera en donde, Malituta, ha escondido sus más gratos recuerdos en forma de hojas verdes, pequeñas hormigas, alas de polilla, casquillos de balas percutidas y moños blancos, recordando que en algún momento de su infancia, la inocencia aún tenía nombre y techo, país y religión... algo que en conjunto, en algún momento llamarón: humanidad.
Sobre el catre que la sostiene ya debilitado por el paso de los años, Malituta, la pequeña niña del Valle, se estira y bosteza como si despertara del sueño más profundo que nunca tuvo, que le arrebato el sonido de mil balas entre los árboles; se estira y con sus manos va en busca de un zarape que cuelga sobre su cabezera; lentamente se sienta sobre el catre de varitas de mimbre y paja y con sus pies busca lo que ahora son solo vestigios de unos zapatos de piel de cordero que se ven arrugados, con pequeños hoyos en la suela y sin agujetas, su única protección contra el cortante suelo que esta a sus pies y por el cual se niega a caminar una vez mas. Se levanta. Camina lentamente hacia un trozo de espejo que cuelga sobre la pared, solo para percatarse que sobre su mejilla ahora hay una pequeña roncha roja. Es reciente. Tomá de un recipiente, hecho con un trozo de madera de rosa, una pequeña hoja verde que en sus bordes pareciera tener pequeñas garras duras, al igual que sobre la misma superficie de la hoja y la frota sobre su mejilla hinchada. El dolor que siente cierra sus párpados, como si sus ojos buscaran llenar de lágrimas aquel espacio pequeño entre ellos y aquellas perlas blancas, símbolo único de expresión que tiene el dolor en los animales y que, ahora, expresan el suyo pues la inflamación provocada en su mejilla ha disminuido, a un costo de agua y sal. Se mira al espejo y, con delicadeza, toma un peine hecho de palma seca y con suave y firme mano cepilla su cabello, que no consta de poco más de una veintena de ebras de cabello. [continua...]
(Siguiente parte: 15.12.2010)

lunes, 6 de diciembre de 2010

La Terminal Poniente

Sin duda llegué tarde para tomar el camión de las cuatro de la tarde cuando, delante de mi, una mujer mal vestida, con una bolsa de plástico rellena de cobijas y un vestuario hermitaño de los años sesenta se adelantó a tomar el último boleto de las cuatro. Ahora tenía que esperar poco más de cuarenta y cinco minutos, mientras me sentaba en unha banca incómoda en la terminal, a esperar que llegará la hora de partir hacia Xalma. Con una caja repleta de doce donas de azúcar glaseada, entré a la sala de espera y tomé lugar frente a lo que, hasta ahora, creo que ha sido una de las escenas mas conmovedoras, pero inhumana al mismo tiempo, que he presenciado hasta el día de hoy.




Mientras un grupo de menonitas, cinco en total si cuento al pequeño bebe que iba con ellos, de cabeza gorda y cachetón, con la piel blanca y los ojos claros, atado al asiento de una carreola y llorando con sentimiento, por no poder bajar de su prisión móvil, observé frente a mi la imágen misma del tiempo que todos, incluso a los que ahora mismo nacen mientras escribo y alguien lee estas palabras, en algún momento alcanzamos pues es así como la vida sigue: a través del tiempo. Dos jóvenes, hermano y hermana, llevan del brazo a un hombre de edad sin duda ya muy avanzada y aparentemente enefermo; podía a simple vista percibirse la enfermedad del padre en un estado muy avanzado y que, poco a poco, parecía consumirse con cada bocanada de aire que su cuerpo, tan solo por inercia, intentaba arrebatar a la marabunta de gente que se encontraba en la sala. El hermano, el hijo, o ahora que lo pienso quizás el nieto, llevaba una bolsa negra y de ella saco una botella con un líquido para hidratar al abuelo que poco a poco se quedaba dormido con los dedos engarrotados y con el cuerpo sin aparente soporte, sobre el asiento incómodo de aquella sala de espera; mientras tanto, su nieto intentaba de uno u otro modo hacer que su abuelo tomara un poco de aquel líquido hasta que, finalmente el abuelo pudo abrir un poco la boca y, con la debilidad de la edad que habita en sus ya cansadas cuerdas vocales, balbuceaba "Me siento cansado, ya no quiero estar aquí; me siento mal -después de una pausa, suspiró y dijo- quiero dormir..."; finalmente, el hombre, agotado por aquel esfuerzo de intentar expresar el dolor que sentía, volvío a recargar su cabeza sobre el hombro del joven.


En ese momento, el joven insistía aún con la botella en mano hasta que, con un tono ya en disguto y con el semblante bastante serio, la mujer que venía con ellos decía, "¡Ya güey! Déjalo en paz, entiende que viene cansado, casi no ha dormido y solo quiere recostarse -dirigiéndose al abuelo, preguntaba- ¿Te sientes bien?"; el abuelo entonces, en un segundo esfuerzo por responder la pregunta tomó una bocanada de aire y, cuando se disponía a contestar, el joven interrumpió y dijo, "¡Abuelo, ya estuvo bueno! No te comportes como bebé, si te sientes mal solo dinos y nos quedamos, pero tienes que estar consiente de que si nos quedamos, te van a internar y tienes que ir al hospital y...." la joven interrumpió, "¡Ya déjalo descansar! Abuelo, ¿Quieres descansar?". Y es aquí cuando llegué a ese momento de indiferencia humana tan grande, que un muchas ocasiones me hace pensar que aún cuando entre nosotros nos consideramos humanos dentro de nuestro círculo social o relación humana que hace posible que el motor social continue funcionando, no es más que una máscara empalabrada que oculta, sin duda alguna, lo tan animal y víceral que tenemos guardados como la especie dominante del planeta; es aquí, cuando entonces me senti tan insignificante, cuando vi que el joven en su arranque de irá porque el aburlo no pretendía seguir tomando más de la botella, se colocó unos audífonos y de forma tan egoísta e indiferente, continuó con lo vanal de su vida, dejándo de lado que junto a el, un ser al que los años habían vuelto débil pero al mismo tiempo sabio, que en otro contexto de tiempo era símbolo de respeto y de veneración, se empezaba a desgastar.


No pude contenerme. Lo intenté. Y en ese momento observé como una lágrima resbalaba sobre las mejillas morenas de aquella mujer que, con mucha tristeza y un gran dolor que expresaba su cara, sostenía tiernamente sobre su hombro la cabeza de aquel ser ancestral que, poco a poco, suspiraba y rogaba al cielo entre sueños tener el descanso eterno que tanto añoraba y que, aprentemente, algo más grande que nosotros le negaba a dar, al menos en aquella terminal. Y así, mientras el contraste de aquel bebe llorando, fuerte y regordete, sobre aquella prisión de ruedas indudaba con su llanto la sala entera, y la sombra de la muerte sentada frente a mi, coqueteando conmigo sin escrúpulo alguno, jugando cruelmente con los sentimientos de aquella mujer, junto con los sueños de un hombre sobre el paraíso del cual solo le daba a probar un poco, sonó el altavoz con aquella voz electrónica, anunciando mi partida de aquella escena que solo encuentras sentado en una terminal.


Y mientras el camión se alejaba lentamente en reversa de su lugar de estacionamiento, miré por la ventana y vi a la muerte acurrucada entre la vida de aquella dama y la muerte de aquel hombre, se cobijaba regocigada entre las lágrimas de aquella dama y entre los últimos suspiros cálidos de aquel cuerpo agotado; y siniestra y sínica miró hacia mi ventana: y desde su lugar me susurro al oído, calmada pero impaciente: aún no es tu turno.


Miré al horizonte y lo vi todo claro. Otro día terminaba... y el atardecer lo pintaba.

lunes, 15 de noviembre de 2010

A la Casualidad le debo.

Con extraños encuentros casuales,
y con perdidos momentos que añoro,
con memorias que siempre atesoro
de ciertos momentos inusuales.

Te has vuelto un encuentro lejano,
el tesoro perdido que existe.
Te has vuelto en la hija favorita
de la casualidad bien vestida.

Bajo el pensamiento me cobijo
esperando que esto no sea pasajero
Tras personajes me escondo
Para no demostrar lo que es evidente

A la casualidad le debo conocerte,
conocerte en plena luz de nohce,
pensarte a plena luz del día
y tu voz escuchar solo en canciones.

Le debo más de lo que atesoro
a esta casualidad perdida y viva.
Pero me cobraré caro esta deuda,
a la casualidad pido verte.

martes, 9 de noviembre de 2010

Cuando nos topamos con la casualidad, solo por curiosidad.

Era evidente que las charlas se hacían largas y más áun que la extrañeza, en pocas ocasiones, comenzaba a inundar aquellas líneas escritas en cada conversación que mantenían un par de desconocidos. En un principio, cuando todo se daba por sentado, simplemente comenzó a surgir poco a poco la espontaneidad de las ideas y la continuidad de estás; en ocasiones no era necesario explicar más allá de lo que se leía; en otras, y quizás solo en pocas, había que explicar de forma más clara lo que uno pensaba y lo que el otro interpretaba, pero el entendimiento entre aquellos dos extraños se hizo evidente. Sin embargo, carente de todo contacto físico, aquellos dos extraños comenzaron a compartir aún más cosas y reían, detrás de los monitores, sobre las cosas que uno escribia sobre el otro.
No era suficiente solo hablar de casualidad o probabilidades, aunque fuera divertido. Se volvió entonces importante conocer el día del otro, sus altas y sus bajas, sus frustraciones o sus alegrías, sus problemas o éxitos. Todo fluía como debía hacerlo "El río que nace en la montaña, encuentra su cause a través de caminos extraños, pero como sea llegará siempre al mar". Eso aprendí en una ocasión. Ahora, solo saben aquellos dos extraños que el inicio de una historia, proviene siempre del final de otras que no conocemos, son la continuidad de algunas anteriores que llegaron a nuestras vidas; pero para cuestiones del corazón, el mismo inicio- la forma en la que inicia- te lleva en el camino y te guía hasta el final.

lunes, 18 de octubre de 2010

Pares en la terminal

Justo a las seis y media de la tarde, la luz del sol entra por una pequeña abertura que separa el área de abordaje de la sala de espera; es tán fuerte que deja poco que ver a quienes se encuentran sentados en la sala de espera. Hay quienes leen libros, un señor que lee sobre Las Siete Tragedias y otro, de edad un poco más joven que el primero, que lee un libro de portada verde que no alcanzo a leer. Al mismo tiempo, una imagen extraña de lo que parece una conversación normal ha llamado mi atención pues, no se trata de una conversación ruidosa, sino de una en donde el silencio se convierte en la charla, por lo que veo, más alegre del mundo. Dos sordomudos platican sobre, lo que parece ser, un retraso de horas y al mismo tiempo uno continua haciendo ademanes al otro sobre si la mochila le pesa, o bien si la práctica no me ha fallado, sobre que su suegra aún no quiere irse de la casa. Irónico. Y yo aún no quiero irme de aquí.

Frente a mi, dos filas adelante una pareja lee un mensaje juntos que han recibido en sus teléfonos móbiles y lo hacen con tanto cariño que había olvidado por completo como se vería una imágen así. Y no solo eran ellos. Sentados a mi izquierda, a cuatro lugares de mi, otra pareja revisa las fotos que tienen juntos en su dispositivo y ella hace muecas pues al parecer su cara no le ha gustado. Creía que había visto todo, pero entonces algo en el ambiente llamo mi atención. Prestando a más detalle a todo y a quienes me rodeaban me di cuenta de que todos venían en par; dos niños pequeños de meses, otros dos de quizas tres o cuatro años corriendo y dos niñas sentadas jugando con muñecas. Dos alguaciles vigilando las salidas, dos vendedores en la tienda, dos parejas revisando el mobil, dos viejos leyendo un libro, dos sordomudos teniéndo una conversación, dos madres dando pecho, dos niños en carreola, dos señoras hablando sobre la congregación, dos extranjeros durmiendo y otros dos comiendo un par de manzanas.... Todo era par en la terminal menos yo.

Y cuando al fin, aquella voz femenina anunció con su voz computarizada la salida a aquella ciudad vacia, pense: ¿Seguro regresaré?.... Sono mi celular y una sonrisa en mi rostro se dibujo. Era mi par.

sábado, 7 de agosto de 2010

Azules torcidos

Fue en este momento en donde me doy cuenta de lo que piensas. Es cuando te levantas de la cama y me miras, pensando en que todo esto no fue más que una locura retorcida; es en este momento cuando recuerdo que es lo que piensas, cuando imagino lo que de mi opinas. Crees que soy débil y contradictorio, carente de todo sentimiento y que solo me beneficio de la condición, pues para mi es más sencillo.

Pero te has equivocado. Ni más fácil, pero si más difícil. Semanas han pasado he intento olvidar lo que fuimos, no se va pero tampoco se queda; a la primera brisa de aire seco y es como si un campo de hierba seca ardiera súbitamente. Nada lo calma hasta que, al final, esa mujer de hielo que conocí se extiende sobre aquel campo y apaga todo con solo soplar sobre aquel incendio. Difícil es entender que no quiero alejarme aunque no este cerca; facil es imaginar que solo busco un momento, tan fugaz como la muerte misma. Pero como los colores del cielo, que cambian por las tardes de rojo a amarillo, de naranja a azules, y entre azules, todos torcidos, así son mis momentos, mientras crees que soy débil e insensible, mientras piensas que llevo ventaja y tu te haces víctima de mil batallas pérdidas; y cuando miro en tu interior, no veo más que un cambio de azules, como los mares que me rodean; que inician azul cielo, se tornan marino y mueren profundo, entre azules torcidos de la infinidad de tu frialdad que te mantiene viva.

Quieres saber algo. Yo te lo hago saber. No sos la única que es víctima, también lo he sido. No sos solo tu la que cree que todo esta perdido, también yo lo pienso. Si no recorro el camino tuyo de nuevo, no es porque no quiera; cual lo dicen muchos, y lo entienden pocos, aún no llego a esa desviación en donde esta un camino, el mio y el tuyo; aún me falta por recorrer este mundo tan insano que todos, humanos y no humanos, recorren para buscar un sentido; a esa vida que los llena y que los mantiene cálidos entre el frío. Y cuando al final llegue el momento, si es tu camino el que debo tomar, lo he de tomar sin pensarlo.

Son solo azules torcidos los que veo en tu piel. Y en mis manos las tuyas se derriten, como el azul del hielo, como un azul tétrico; de oscuras noches azules torcidos, he de volver aunque la noche triste me asesine en el intento. Y cuando vuelva, sabrá solo Dios si debía caminar contigo entre mil azules torcidos y un ramo de flores no marchito, vivo.

sábado, 31 de julio de 2010

Al borde de la extinción.

Nos encontramos hoy, inevitablemente, viviendo en un mundo en donde queda poco tiempo para dedicar tanto a otros como a uno mismo. Es seguro que al crecer y continuar nuestro camino por esta vida, nos encontramos con el hecho de que, efectivamente, el tiempo se ha vuelto valioso. Tiempo es ahora una palabra que se emplea para designar actividades llenas de él, exentas de pausa alguna para disfrutar todo lo que nos rodea, lo que nos hace y lo que nos ha forjado; tiempo se ha vuelto ahora una moneda, con un valor tan alto que es capaz de poner precio a la productividad, más ya no a la vida de las personas.

Se ha vuelto, pues, una palabra menos preciada para muchos y valiosa para ya muy pocos. Quienes podemos inmortalizar momentos breves en la infinidad del tiempo, los recordamos para siempre, tan latentes en nuestro presente, como lo fueron en el pasado y como no lo serán en el futuro; ya no queda tiempo para disfrutar de un detalle, pequño y minúsculo, pero que ha sido hecho con sentimiento. Se acabó. Ya no hay tiempo, no le queda tiempo ni al hombre ni a la mujer para apreciar aquello que los enamora, que los hace ser, que los hace vivir y respirar juntos. Ha muerto.

Matamos al tiempo a la par de nuestras ilusiones y lentamente observo, triste, que las cosas que uno hoy hace no precisan del tiempo de otros para ser observadas, admiradas. Ni siquiera cirticadas.

lunes, 24 de mayo de 2010

Cuando ni la noche basta para saber.

Quizás poco se de la soledad infinita que engalana al alma cuando los ojos miran de frente al mar, a la inmensidad azul que nos envuelve en el vacío ficticio de lo real lo torna infinito. Mucho se de la falta de elocuencia y lógica cuando para descifrar al alma hace falta una noche con estrellas en el negro firmamento de nuestra vida. Pero por mucho se que existe, o creo que esta ahí, algo que nos hace sonreír sin importar el golpe duro de la vida que todos los días recibimos.

Es el simple hecho de ver por quien ansias frente a tus ojos; el solo hecho de respirar bajo el mismo entorno; el pensar que estás cerca y a la vez tan lejos pero que, al final, cada suspiro te acerca mas. La vida de Romel Peralta se limita al hecho de hacer lo que le ilusiona, realidad. Ya sea una caricia dibujada en papel o bien una lágrima convertida en miel. Sin importar lo difícil que se vea, basta solo con tomar un lápiz y papel y dibujar con párrafos y letras los contornos que doblegan sus sueños; basta solo un borrador para desaparecer las imperfecciones y convertir a quien le motiva en el poema con rima y el estribillo con métrica que acompaña su mente cual metrónomo en cada paso.

Quizás solo basta el día para soñar despierto, pues cuando de día él sueña... ni la noche basta para saber. Ni la noche le desanima... solo lo prepara para vivir un sueño, para dormir una vida y despertar en la muerte. Cuando ni la noche basta para saber... cuando los sueños son toda una vida, todo un cocktail de ilusiones y caricias que el aire se encargará de materializar. Cuando ni la noche basta para saber, la luna sonríe y los sueños se avivan.

lunes, 19 de abril de 2010

Cuando se olvidan los hechos.

El día de ayer, casí a la misma hora, terminaba yo de escribir una crítica personal y bastante objetiva sobre las personas que a veces nos condicionan su "amistad" mientras se cumpla con una condición impuesta por estas. Por hoy, por la pura razón de no aburrirme al escribir esto, hablaré en concreto sobre lo que se les olvida a estos "amigos" de lo que hemos hecho por ellos, sin que ello signifique que tengan el derecho de condicionar tal amistad haciendonos omitir las cosas que queremos en esta vida y orillando a otros, los afectados, a no contar nunca más sus secretos.

Se les ha olvidado que cuando estaban caídos, les ayudamos a levantar el vuelo. Se les olvidó que, cuando el hombro de otros estaba húmedo, el nuestro estuvo seco para guardar esas lágrimas. Y se les olvidó que, a pesar de que teníamos nuestras dudas, jamás perdimos la fe en ellos.

Cuando se olvidan los hechos, se les olvida que somos humanos. Y por ser humanos, imperfectos por naturaleza, no podemos exigir mas allá de lo que no hemos dado.

domingo, 18 de abril de 2010

De críticas sociales se hace un "cocktail"

Hace no mucho en una de esas charlas de café con uno de mis grandes amigos de cabecera, platicaba sobre las reacciones que las personas a menudo tienen sobre ciertas noticias que, les guste o no, son completamente ajenas a ellas. Acontecimientos y actuaciones que no les afectan en nada para vivir su vida como hasta ahora lo han hecho y, sin embargo, su cuchara sigue cayendo en sopa ajena.

Reíamos un poco recordando sobre anécdotas parecidas en donde, para desgracia nuestra - y desgracia del que no entiende- todas coincidian en una sola cosa: siempre había alguien inconforme que le quitaba la palabra al actor directo de alguna situación. Y claro, como olvidar que ahora se me retira la palabra porque no están de acuerdo en como llevo a cabo mi relación, relación que no está por más recordar que es dos y no de tres. O al menos, así lo entiendo yo.

Claro que es más triste pensar en que aquellas personas que se han alejado resultaron ser, en su momento, importantes en nuestra vida y que ahora nos han galardonado con el lugar número uno, el lugar de honor, en el podium del odio. Esto es común, se ha vuleto pupular y seguirá creciendo mientras las personas no tengan criterio único para, al menos de momento, discernir en que los actos ajenos no son un periódico el cuál conmueve a masas con noticias ajenas de la vida privada de personas que no influyen en nuestra vida. Hoy, un diputado puede morir y el país seguirá de pie; hoy, México puede ganar el mundial y mañana se olvidará, como pasó con los juveniles hace ya algunos años. Entonces, ¿Por qué tener el lugar en el salón de la fama?

No es más que un cocktail de asuntos ajenos que sabe bien a quienes carecen de criterio propio y quienes por si mismos no pueden decidir; no es más que un mero capricho de querer hacer que una persona haga lo que "uno" quiere. Y esta es la realidad de nuestra sociedad.

jueves, 4 de marzo de 2010

Charlas desde la tumba de un corazon anonimo

Mil lápidas se levantan sobre aquel campo de muerte que guarda vidas olvidadas mientras la luna, celosa de su opaco brillo, alumbra débilmente el centro de aquel tétrico escenario. Los árboles secos que rodean aquel páramo se balancean con el vientro frío del invierno y un olor a nieve muerta y hojas secas, que aparece en aquel espeso aire, inundan hasta al más vivo de los corazones de un sentimiento de tristeza y penas ajenas.

En medio de aquel campo mortal, como una erupción de olor, se levanta una colina con pastos secos y en la cima se dibuja la silueta de una tumba que la Luna no se digna en alumbrar. Es una lápida de piedra volcánica, de piedra barata; pulida y con brillo opaco, resguarda una leyenda casi ilegible, que el tiempo, en complicidad con la finidad de las cosas, se ha encargado de desaparecer:

"Yace bajo esta tierra maldita, maldita por quien resguarda, los restos de un corazón muerto por la debilidad social. Amigo egoísta, padre desinteresado y amante despreocupado. Requiesqat in Pace...."

Y así como es corto el obituario, así de corta es esta historia. Porque de nada sirve enterar al mundo del actuar pobre de un hombre moribundo que, en vida, no fue capaz de dar la mano al amigo, ni de ser padre ejemplar; descansa el cuerpo marchito y maldito de un amante sin sentido, sin corazón... Descansa la memoria enloquecida de una vida sin sentido.