martes, 20 de mayo de 2008

La carta no correspondida

El olor a café tostado y húmedo aire entre las calles de Acotepec invade léntamente los sentidos de aquellos que aún duermen bajo el cobijo seguro de los sueños eternos; sueños perpetuos en la imaginación de aquellos que, a sabiendas de que la cafeína ha invadido sus cuerpos, aun anhelan el suspiro hetéreo y simple de un despertar bajo el resplandor opaco de una vida sencilla. 

El Río Remedios, que corre a través del pueblo, recorre una serie de puentes de principios de la época colonial; en total son cuatro puentes, cada uno con un escudo de armas diferentes representando a la vida y a la muerte, al bien y al mal. Irónia de arquitectos. Plasmar con escudos de armas la escencia de cuatro escenarios de ocurrencia diaria, que todos los días se viven en carne, hueso y pensamiento sin que se este a salvo de alguno de ellos. El agua que corre a través del río lleva un color pardo claro, consecuencia de cruzar montañas de piedra caliza y arcilla que ha desmoronado laderas enteras como si se tratase de un animal embravecido que ataca a cuanto encuentra a su paso, sin tener piedad de nada, por nada y por nadie. Es un estruendo casi apagado a lo lejos, pero un rugir de mil leones a tan solo metros de la orilla. Los habitantes de Acotepec se mantienen dentro del pueblo, que es como un enorme comal rodeado por fuego, y la única salida disponible es por el Camino Sordo. A veintidos mangas y media sobre el Camino Sordo, se encuentra una casa al pie de la Cañada Vieja; es una casa con una nostalgia impresa en sus paredes y relieves de la Conquista que, a la imaginación del viajero, deja mucho que pensar sobre el que ha habitado este sitio. La fachada muestra una herrería de fino trabajo, una forja excepcional y casi perfecta para principios de la Colonia; pero el tiempo, incesante en todo el momento, ha corroído varios barrotes de hierro negro y algunos cuantos se aferran a su único hogar a través de un pequeño hilo de óxido, esperando a que el tiempo y la humedad hagan el resto y los dejen caer al infinto. 

Llegué tan pronto como pude. Un grupo de personas amontonadas a la entrada de la casa esperaban poder observar con morbo o interés lo que ocurría dentro de la casa; algunos agentes del ministerio habían acordonado el área y no permitían el paso de las personas, mientras algunas lograban burlar el bloqueo y observaban a través de las ventanas hacía una obscuridad interna que causaba una sensación total de soledad y vacio. Disparé tres veces al aire y todo fue silencio total. El grupo de personas de inmediato guardo un silencio abrumador y logré abrirme camino entre ellos, a paso rápido y desenfrenado, para evitar que cualquiera me detuviera o me agrediera por tal abuso de autoridad. Los agentes del ministerio apartaron el cordón amarillo y me permitieron el paso sin ningún problema, con la cabeza baja y los hombros relajados y con un profundo respeto que no encontraba comparación en estos tiempos. Al entrar a la casa el olor a naranja seca y caoba revolvió mi estómago, haciéndome retroceder unos cuantos pasos y perdiendo casi el equilibrio; me repuse de aquel golpe al olfato y continue mi camino hacia el cuarto de estudio. El piso de madera crujía bajo mis pies y se desmoronaba bajo el sótano de toda la casa, mientras las vigas ya viejas dejaban caer ese polvo de vejez sobre mi cabeza a cada paso que daba. Y llegué.

Sobre una mesa de ébano, hay una carta con un escrito a medias. Un recipiente de tinta vacio sobre la esquina superior y un río de tinta ya seco, que bajó lentamente agonizando pidiendo a gritos piedad al calor y al poco aire que sopla dentro de la habitación para finalmente congelar su caída y marcarla de forma perpetua cual huella histórica de un verso sin fin. La habitación esta en silencio. Ya no existe el sonido alguno de la pluma rasgando a la hoja como amante empedernido; la parafina de una vela se halla derramada a un costado del escritorio y cual estatua que perdura por años, una rosa marchita vigilante que sostiene con dificultad el último pétalo, ya seco, que aun se aferra a la vida marchita de aquella habitación sin vida. 

"...Que poco hice para demostrar lo que tanto sentí por ti; y tan cobarde soy, que 
tan solo me atrevo a escribir esta carta, esperando que algún día llegue a tus manos
y finalmente descubras que yo, lo que yo siempre quise, era..."

Varios sellos postales, treinta y siete en total y todos de diferentes países, están regados por toda la habitación; trazan con cautela el camino que lleva a un cuerpo sentado sobre un reposet. La piel casi blanca de aquel hombre se ilumina en color naranja bajo la danza constante de las llamas que poco a poco mueren dentro de la chimenea; en la mano derecha sostiene una copa con vino, quizás un Merlot de 1965, y sobre sus mejillas ya casi sin vida se dibujan los caminos de sal que han dejado como firma las últimas lágrimas de dolo y desesperación de un hombre que simplemente, calló.

"... estar a tu lado.
Con amor y por siempre..."

Y sobre la mesa, solo ha quedado el recuerdo de una carta no correspondida.

sábado, 10 de mayo de 2008

El hombre que poco actuó

Por el callejón de Dios te amparé, cerca ya de la media noche y con el viento soplando entre todas las calles que rodean al centro de la ciudad, un hombre miraba al oeste. Perplejo ante el infinito del cielo y lo finito de la tierra que alcanzaba a ver con claridad, pensó que aquello solo le daría más risa. 
Y no era para menos. O sentir pena o lástima por aquella que no creía en el amor porque nunca se lo demoestraron. Teniendo mil y un oportunidades para demostrar a Ella que el amor podía existir, hasta en la más difícil de las situaciones, nunca actuó. Observó al cielo inmobilizado y a las nubes corriendo montaña arriba; le pareció una escena familiar ya vivida... Pero esta vez no había cielos nublados ni brisa de lágrimas, simplemente todo estaba callado. Son tontos los hombres lentos que, creyendo que actuando bien las cosas salen bien. Y son muchos los hombres que siendo aun mas tontos creen que el engaño es la mejor opción; es por eso que a los hombres tontos se les confunde con los muchos hombres mas tontos... Es por eso que actuar tan poco ya no vale su peso oro.