El olor a café tostado y húmedo aire entre las calles de Acotepec invade léntamente los sentidos de aquellos que aún duermen bajo el cobijo seguro de los sueños eternos; sueños perpetuos en la imaginación de aquellos que, a sabiendas de que la cafeína ha invadido sus cuerpos, aun anhelan el suspiro hetéreo y simple de un despertar bajo el resplandor opaco de una vida sencilla.
El Río Remedios, que corre a través del pueblo, recorre una serie de puentes de principios de la época colonial; en total son cuatro puentes, cada uno con un escudo de armas diferentes representando a la vida y a la muerte, al bien y al mal. Irónia de arquitectos. Plasmar con escudos de armas la escencia de cuatro escenarios de ocurrencia diaria, que todos los días se viven en carne, hueso y pensamiento sin que se este a salvo de alguno de ellos. El agua que corre a través del río lleva un color pardo claro, consecuencia de cruzar montañas de piedra caliza y arcilla que ha desmoronado laderas enteras como si se tratase de un animal embravecido que ataca a cuanto encuentra a su paso, sin tener piedad de nada, por nada y por nadie. Es un estruendo casi apagado a lo lejos, pero un rugir de mil leones a tan solo metros de la orilla. Los habitantes de Acotepec se mantienen dentro del pueblo, que es como un enorme comal rodeado por fuego, y la única salida disponible es por el Camino Sordo. A veintidos mangas y media sobre el Camino Sordo, se encuentra una casa al pie de la Cañada Vieja; es una casa con una nostalgia impresa en sus paredes y relieves de la Conquista que, a la imaginación del viajero, deja mucho que pensar sobre el que ha habitado este sitio. La fachada muestra una herrería de fino trabajo, una forja excepcional y casi perfecta para principios de la Colonia; pero el tiempo, incesante en todo el momento, ha corroído varios barrotes de hierro negro y algunos cuantos se aferran a su único hogar a través de un pequeño hilo de óxido, esperando a que el tiempo y la humedad hagan el resto y los dejen caer al infinto.
Llegué tan pronto como pude. Un grupo de personas amontonadas a la entrada de la casa esperaban poder observar con morbo o interés lo que ocurría dentro de la casa; algunos agentes del ministerio habían acordonado el área y no permitían el paso de las personas, mientras algunas lograban burlar el bloqueo y observaban a través de las ventanas hacía una obscuridad interna que causaba una sensación total de soledad y vacio. Disparé tres veces al aire y todo fue silencio total. El grupo de personas de inmediato guardo un silencio abrumador y logré abrirme camino entre ellos, a paso rápido y desenfrenado, para evitar que cualquiera me detuviera o me agrediera por tal abuso de autoridad. Los agentes del ministerio apartaron el cordón amarillo y me permitieron el paso sin ningún problema, con la cabeza baja y los hombros relajados y con un profundo respeto que no encontraba comparación en estos tiempos. Al entrar a la casa el olor a naranja seca y caoba revolvió mi estómago, haciéndome retroceder unos cuantos pasos y perdiendo casi el equilibrio; me repuse de aquel golpe al olfato y continue mi camino hacia el cuarto de estudio. El piso de madera crujía bajo mis pies y se desmoronaba bajo el sótano de toda la casa, mientras las vigas ya viejas dejaban caer ese polvo de vejez sobre mi cabeza a cada paso que daba. Y llegué.
Sobre una mesa de ébano, hay una carta con un escrito a medias. Un recipiente de tinta vacio sobre la esquina superior y un río de tinta ya seco, que bajó lentamente agonizando pidiendo a gritos piedad al calor y al poco aire que sopla dentro de la habitación para finalmente congelar su caída y marcarla de forma perpetua cual huella histórica de un verso sin fin. La habitación esta en silencio. Ya no existe el sonido alguno de la pluma rasgando a la hoja como amante empedernido; la parafina de una vela se halla derramada a un costado del escritorio y cual estatua que perdura por años, una rosa marchita vigilante que sostiene con dificultad el último pétalo, ya seco, que aun se aferra a la vida marchita de aquella habitación sin vida.
"...Que poco hice para demostrar lo que tanto sentí por ti; y tan cobarde soy, que
tan solo me atrevo a escribir esta carta, esperando que algún día llegue a tus manos
y finalmente descubras que yo, lo que yo siempre quise, era..."
Varios sellos postales, treinta y siete en total y todos de diferentes países, están regados por toda la habitación; trazan con cautela el camino que lleva a un cuerpo sentado sobre un reposet. La piel casi blanca de aquel hombre se ilumina en color naranja bajo la danza constante de las llamas que poco a poco mueren dentro de la chimenea; en la mano derecha sostiene una copa con vino, quizás un Merlot de 1965, y sobre sus mejillas ya casi sin vida se dibujan los caminos de sal que han dejado como firma las últimas lágrimas de dolo y desesperación de un hombre que simplemente, calló.
"... estar a tu lado.
Con amor y por siempre..."
Y sobre la mesa, solo ha quedado el recuerdo de una carta no correspondida.