domingo, 13 de febrero de 2011

A la suerte de un día.

A la suerte de un día me apagué, me entregué para conocerte. El nerviosismo me invadía y la inseguridad, amiga infiel de la confianza, se apoderaba de mi mientras esperaba impaciente sobre aquella mesa solitaria, observando impávido y sin reflejo alguno el movimiento de la manteleta que danzaba junto con el viento, complicidad no planeada que me hacía pensar si algún día llegaría tan ansiado momento. Respiraba intranquilo y sin ritmo, mi corazón ar-rítmico golpeaba mi pecho con desesperación como si fuera un huésped ansioso por salir de aquella prisión de huesos y carne; todo era extraño y los minutos se hacían de arena, espesa y líquida que detenía el paso de aquel reloj sobre la plaza... Y esperaba que en algún momento tanta sangre bombeada a mi cabeza no estallara en mil ideas para pensar que jamás te aparecerías.

Un suave beso del viento sobre mis mejillas, con ese perfume de rosas que tanto ansiaba oler, llegó de golpe a mi nariz y tan pronto como lo sentí, miré al frente: piel de nieve, cabello de oro, cuerpo delgado y obscenamente delicado. Todo aquello en conjunto se movía con una dirección segura y directa, sin tambalear o titubear, hacia aquella mesa en donde yo me encontraba entonces helado por la impresión de ver a la belleza desdibujada frente a mis ojos de una forma tan impactante que hasta los Dioses griegos hubieran envidiado; belleza que hasta Afrodita misma envidiaba y cuyo padre tuvo que contener pues, en su arranque de ira y furia juro con un grito poseer tal belleza terrenal, envidiada por los mismos creadores. Y en tan solo un momento, que pareció extenderse por años y visualmente se apreciaba en cámara lenta, llegaste a aquella silla, y yo, inmóvil sobre la mía, solo dejé salir palabras que te hicieron reír y que, en mi opinión, fueron las que iniciaron todo un festín de palabras que duraría toda la noche, desencadenando solo risas y ademanes de interés, todos ellos en conjunto deseando porque aquel encuentro no terminara.

Y bajo la luz de la luna dos entes diferentes, dos almas atrapadas, se perdieron en los albores de la mirada, de los espejos del iris. Se perdieron en la eternidad de la noche, en el encuentro de fortuna... Se fundieron en el mar de lo irreal, en el cielo del sentido, a la suerte de un día que recordarán por toda la vida.