viernes, 31 de julio de 2009

Lo que no debes saber...

Para lu,
porque la vida, tal
cual es, está llena de
locuras, locuras, locuras...


Es difícil saber que es lo que pasaría en algún momento si solo entablara miradas contigo. Yo no lo sabría, mucho menos tu. Más difícil es aún pensar que es pasaría si no te hubiera hablado, ahora es difícil imaginarlo. Quizás era prudente solo mirarte sin hablar, para guardar lo que estaría por vernir y así nunca sabrías lo que yo podría pensar o jamás imaginarías lo que estaría por venir. No suelo ser tan abierto en las cosas que escribo, prefiero se reservado a sabiendas de que nunca complaces a la gente, o no les das un buen chisme. Peor aún es saber que esto lo escribo tal cual sale de cabeza, como si así quisiera que lo escucharas. Alguna vez dije que era mejor ser pesimista pues, de esa forma, evitabas sentirte mal por las cosas que esperabas que pasarían, pues sabías que no serían nunca así y de esa forma lograrías lastimarte menos.No puedo dejar de pensar en el hecho de que he hablado contigo, no puedo dejar de pensar en el hecho de que pienso en ti...

Y aquí se quedará esto. No se que más decirte, pues temo que entre más diga, puede que no ocurra algo bueno. Esto te lo dedico aquí, que es un espacio que tengo muy reservado para mi y para lo que siento.

jueves, 2 de julio de 2009

A Susana no le gusta esta vida.

Al despertar por la mañana lo único que encontré fue una cama vacía y una almohada con la silueta dibujada de una figura femenina, olía a rosas frescas y ya eran las ocho de la mañana. Era Jueves.
Desperté, abrumado y confundido por aquella imagen que no esperaba encontrar, cuando pensaba que nada podía perder; ahora me doy cuenta de que estaba equivocado. Susana de Vega era una mujer sencilla, de delgado y con una mirada que calmaba a cualquier alma que se encontrará en pleno fervor de la batalla interna. La había conocido años atrás, cuando en una cena, mientras paseaba por uno de los jardínes del Castillo de Chapultepec; llevaba horas perdido sin poder encontrar el camino de regreso al salón mayor. Aquella noche, el cielo estaba despejado, algo inusual en la Ciudad de México y la luna parecía una perla suspendida en aquel mar de arenas destellantes que recordaban a cualquiera el pasado antiguo de todo lo que nos rodea, de amores desaparecidos y amores por venir. Y el mió estaba en camino. Se acercaba a mi con un par de zapatillas rojas, un vestido blanco de escote discreto y espalda descubierta, con la delicadeza tallada por todo su cuerpo sin signos de imperfección. Perfecta. Traía en la mano un martini seco y a cada paso que daba, como flotando en el aire, el líquido contoneaba dentro de la copa con singular ritmo.

Lo siguiente, es completamente confuso. Ahora no recuerdo más allá de aquel beso de buenas noches. Miró a la almohada y me doy cuenta de lo que siempre fue y lo que ahora, mas claro que nunca, es. La soledad siempre fue mi fiel compañera.