jueves, 10 de julio de 2008

Una taza, dos de azúcar.

La lluvia continua cayendo sobre La roue Resistence mientras en el aire se acumula un aroma a nostalgía amarga y recuerdos de otoño, que poco a poco regresan a la memoría del General Jeremías. Son las tres de la tarde y aquella mesa vacía y solitaria sobre la acera de la calle, adornada con piedras de río y roca volcánica, parece un potro antiguo teñido en rojo por la sangre derramada de su ya muerto ocupante. La calle esta vacía y a lo lejos se escucha el sonar de las sirenas que ya vienen en camino, como si anunciaran el triste adios de la libertad de un hombre que nunca merecio a la libertad. 

Junto al cuerpo, el General Jeremías bebé con delicadeza y propiedad incauta una taza de té de anís de las Indias; son ahora las tres y diez minutos de la tarde y dos cucharadas de azúcar endulzan una victoria que mas que amarga, sabe a hierro de rejas y huele a muerte. El sonido de dos disparos sordos rebota entre los muros de las casas a lo largo de la calle... y al final, se escucha el sonido del caer de una cuchara de plata. 

Son las tres y diez minutos y París guarda silencio.