lunes, 12 de octubre de 2009

A quienes, por naturaleza, pendejos son.

A quien (es) corresponda,

Hoy en día nos encontramos en una sociedad tan vacía que todo en ella parece darle asco a todo mundo, sin percatarse de que somos nosotros quienes la hemos maltrecho durante tanto tiempo. Pero, ¿Qué importa si son unos cuantos los que pueden hacerla "verse bien"? Tan típicas frases de alguien vació en inteligencia, que cree con toda seguridad que su belleza física le abrirá las puertas de este mundo tan difícil y por cierto, carente de discernimiento para contratar a quien esta preparado y a quien no. Son los inútiles primerizos en el conocimiento, que por extrañas razones se lograron aventurar en este mundo de pensamiento crítico, pero constructivo; pero ese pensamiento se ha vuelto crítico y destructivo, que importa lastimar un poco a los demás, o pasar por encima de ellos si su belleza se los permite; que importa hablar masl de alguién, aunque lo considere un amigo, si mi belleza me lo permite.
Vació. Eso es lo que hay en todo el mundo, a donde sea que miremos, alrededor nuestro. Todo esta lleno del mismo vació. Tontos, ignorantes. Pobres de quienes tenemos capacidad porque hemos de sufrir por sus tonterías, por su falta de visión, por su alter ego plasmado en un cuerpo que, tarde o temprano, acabará entre los fierros retorcidos en un automóvil último modelo por estar bajo los efectos del alcohol, provenientes de un antro de estereotipos que no hace más que elogiar la estupidez humana. Pobre de la humanidad, porque ha llegado a su forma más baja de representación; se ha vuelto un virus, una enfermedad incurable que arrasa con quienes pueden ser diferentes y los transforma en seres carentes de pensamiento, de autoconocimiento, con las ideas sin progreso y el cerebro seco. Seco como el vació.
Pobre de la humanidad. ¡Ay de ti, humanidad! Porque ahora has de sufrir el ocaso de tu única característica de diferencia de un animal. Tu razonamiento se ha tornado negro y torcido. Ya no puedes diferenciar siquiera lo que vale o no la pena resguardar. Pobre vació, porque el mismo se ha contaminado de la estupidez humana.

miércoles, 7 de octubre de 2009

Cuando un cuadro llora.

Cuando todo parecía calmo, cuatro hombres arrojaban un bulto sin forma por un puente. Se guardo silencio y al final se escucho el estremecer del agua. Eran las dos y cuarenta minutos de la madrugada y nada contradecía el destino de aquel bulto. El fondo era su final.

El director del museo del INAH, Don Roberto Vega, había logrado traer a su galería los cuadros más preciados de Julian Petracolli, que retrataban la belleza de la nada, lo hetéreo de lo infinito, el sabor de la belleza femenina en cada línea dibujada. Durante años peleó contra los dinosaurios y grupos conservadores defensores del arte internacional como principal fuente de asistencia para el museo; sin embargo, antes de la muerte anunciada de Julian Petracolli le había conocido en el parque de la Alameda, cuando el invierno cubría de frío y nostalgia las calles del centro de una Ciudad de México vacía por el temor de aquella terrible epidemia. En medio de tal caos, el artista había prestado atención a todo cuerpo femenino de curvas ostentosas que caminara cerca del parque; poseía el don del desnudo en vista que le permitía dibujar y mejorar a través del trazo, cualquier rasgo físico e incluso humano que su modelo presentará. Doscientos cuadros, con doscientas mujeres diferentes. Todas ellas mostradas en su más pura representación de la liberación de la mente en la cabeza de un pintor. Todas, excepto una. Y fue este cuadro el que había llamado la atención de Don Roberto Vega.

Julian Petracolli la había encontrado a la mitad de la noche mientras tal celestial visión se aparecía bajo la luz de un faro público. Todo en ella era perfecto, sin nada que mejorar. Petracolli no sabía que mejorar, ni siquiera sabía como pintar a tal aparición y plasmarla con sus propias manos en pedazo de tela que, el tiempo se encargaría poco a poco de destruir con sigilo, era una tarea difícil de lograr. Aquella noche, recuerda el pintor, tome mi lápiz y comencé a dibujar. Era imposible evitar que mi mano temblara mientras el cigarrillo que aquella extraña belleza sostenía en su mano se desvanecía en la eternidad de la atmósfera.... (continua...)

lunes, 5 de octubre de 2009

Observando una mesa

El día comenzó con una vicera que cubría el valle de la ciudad por completo, dejando ver la luz de la mañana sobre los poblados de la mañana mientras la bruma, celosa de cualquier otra cosa, cobija con cuidado a la ciudad. El rocío de la mañana subre como gotas de arena los pastos y hojas de los bosques alrededor de aquella cabaña en medio de la nada, cubierta entre los troncos de haya y pastos altos que han crecido por la temporada de lluvias. Mientras un hombre con un aire urbano sale de la cabaña, observando con cuidado su entorno y cuidando de que nadie mas que él se encuentre cerca, el viento hace una primera reverencia, saludando a aquel cotidiano extraño mientras las esporas de los árboles vuelan como si fuera una navidad dorada.


Mientras va cuesta abajo, camino a la ciudad, carga con él un maletín gris de aspecto misterioso pero que no resguarda otra cosa más que papeles sobre proyectos y cuentas por cobrar de alguno que otro moroso de la empresa para la que trabaja. Porta un traje gris que lo hace parecer una nube mas que desciende por la ladera de la montaña, a pesar de que el color carne en su piel lo distingue de las nubes sin color de vida. Ya todo se ha dicho, o al menos así parece. Al llegar al borde del inicio de la gran urbe, toma un poco de aire y observa a su alrededor detenidamente "Todo es igual" le parece, y continua su camino hacia el lugar de monotonía, que se pierde en la hora del almuerzo cuando, recuerda, se sienta y aparece aquella mujer de vestido blanco, piernas torneadas y tes blanca como la perla. Aquel espejismo en la urbe monótona, rompe con cualquier paradigma y mientras anhela una mirada, un suspiro o una sonrisa, aquella taza de café se enfría, como lo hizo su vida sin ella... Suena el turno de la mañana y todo se vacía, al igual que la vida... al igual que la fantasía.