Era tarde en el Valle Ix'Ka y aquella pequeña niña de ojos claros, cristalinos y grandes, abría sus parpados al suave beso de la luz del sol, como el primer beso dorado que reciben aquellos labios pestañudos que, detrás de aquella película de piel blanda y morena, resguardan las dos perlas codiciadas por aquellos que son ciegos y a quienes se les ha negado el deseo de convertir la luz en la infnidad de formas y colores que ni la imaginación puede materializar. El viento frío, que se mueve a través del valle como un tren de agujas, calando y golpeando hasta el último nervio de aquel cuerpo femenino, silba y aulla entre las aberturas que dejan al descubierto aquellos trozos de madera que, Malituta particularmente, llama hogar; el piso, de tierra colorada y bañado por pequeñas piedras de tezóntle, que hieren los pies descalzos como vidrios mal cortados y afilados, finos y aleatorios sobre aquella cama de tierra roja, resguarda bajo él una pequeña caja de madera en donde, Malituta, ha escondido sus más gratos recuerdos en forma de hojas verdes, pequeñas hormigas, alas de polilla, casquillos de balas percutidas y moños blancos, recordando que en algún momento de su infancia, la inocencia aún tenía nombre y techo, país y religión... algo que en conjunto, en algún momento llamarón: humanidad.
Sobre el catre que la sostiene ya debilitado por el paso de los años, Malituta, la pequeña niña del Valle, se estira y bosteza como si despertara del sueño más profundo que nunca tuvo, que le arrebato el sonido de mil balas entre los árboles; se estira y con sus manos va en busca de un zarape que cuelga sobre su cabezera; lentamente se sienta sobre el catre de varitas de mimbre y paja y con sus pies busca lo que ahora son solo vestigios de unos zapatos de piel de cordero que se ven arrugados, con pequeños hoyos en la suela y sin agujetas, su única protección contra el cortante suelo que esta a sus pies y por el cual se niega a caminar una vez mas. Se levanta. Camina lentamente hacia un trozo de espejo que cuelga sobre la pared, solo para percatarse que sobre su mejilla ahora hay una pequeña roncha roja. Es reciente. Tomá de un recipiente, hecho con un trozo de madera de rosa, una pequeña hoja verde que en sus bordes pareciera tener pequeñas garras duras, al igual que sobre la misma superficie de la hoja y la frota sobre su mejilla hinchada. El dolor que siente cierra sus párpados, como si sus ojos buscaran llenar de lágrimas aquel espacio pequeño entre ellos y aquellas perlas blancas, símbolo único de expresión que tiene el dolor en los animales y que, ahora, expresan el suyo pues la inflamación provocada en su mejilla ha disminuido, a un costo de agua y sal. Se mira al espejo y, con delicadeza, toma un peine hecho de palma seca y con suave y firme mano cepilla su cabello, que no consta de poco más de una veintena de ebras de cabello. [continua...]
(Siguiente parte: 15.12.2010)
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