jueves, 4 de marzo de 2010

Charlas desde la tumba de un corazon anonimo

Mil lápidas se levantan sobre aquel campo de muerte que guarda vidas olvidadas mientras la luna, celosa de su opaco brillo, alumbra débilmente el centro de aquel tétrico escenario. Los árboles secos que rodean aquel páramo se balancean con el vientro frío del invierno y un olor a nieve muerta y hojas secas, que aparece en aquel espeso aire, inundan hasta al más vivo de los corazones de un sentimiento de tristeza y penas ajenas.

En medio de aquel campo mortal, como una erupción de olor, se levanta una colina con pastos secos y en la cima se dibuja la silueta de una tumba que la Luna no se digna en alumbrar. Es una lápida de piedra volcánica, de piedra barata; pulida y con brillo opaco, resguarda una leyenda casi ilegible, que el tiempo, en complicidad con la finidad de las cosas, se ha encargado de desaparecer:

"Yace bajo esta tierra maldita, maldita por quien resguarda, los restos de un corazón muerto por la debilidad social. Amigo egoísta, padre desinteresado y amante despreocupado. Requiesqat in Pace...."

Y así como es corto el obituario, así de corta es esta historia. Porque de nada sirve enterar al mundo del actuar pobre de un hombre moribundo que, en vida, no fue capaz de dar la mano al amigo, ni de ser padre ejemplar; descansa el cuerpo marchito y maldito de un amante sin sentido, sin corazón... Descansa la memoria enloquecida de una vida sin sentido.