lunes, 29 de junio de 2009

La noche ya lo sabe.

-Bertha, por aquí. ¡Encontré algo!¿Lo ves?-preguntó Joaquín Loeiza.
-No jodas, Joaquín. Está muy oscuro. ¿Cómo sabes que...?- con un aire de duda exclamó en voz baja Bertha Piemontes.
-¡Ay Bertha, por Dios! Está aquí, lo sé muy bien. Además, ¿No recuerdas que yo veo mejor cuando tiento con las manos?- dijó Joaquín con un aire de burla.
-Lo se... pero hay algo que...¡Shhh!-calló por un momento- Hay algo que no me gusta de este lugar, además, esto cada vez se está apestando más y no se cuanto tiempo más pueda soportar las nauseas.
- Bertha, por favor. No empieces. Solo huele a lo que huele la muerte, como huele cualquier animal, así también huele ahora. Ya deberías estar acostumbrada, tu que todo el tiempo trabajas con la muerte- dijo Joaquín con un tono de desesperación.
- Pero, esto es diferente. Sin duda... algo muy diferente- se detuvo mientras continuaban montaña arriba. Tomó aire de nuevo y exclamó- ¡Pero se lo tenía bien ganado!.
-Así es, solo espero que nadie lo noté mañana, sino estaremos en grandes problemas. Puede que hasta tu padre tomé el fusil y cumpla su promesa- dijo Joaquín con el aire entrecortado, por el esfuerzo subir cuesta arriba junto con aquel costal repleto de carne y sangre.
- ¿Qué promesa, Joaquín?- preguntó incrédula mientras intentaba imaginar en su cabeza un olor a lavanda para evitar aquella peste de muerte andante.
-Pues, de matarme si me acercaba a cualquier cosa o persona que estuviera en el rancho si el estaba ahí... y pues la verdad es que tu Padre, ese viejo bigotón, asusta hasta a las animas mas perdidas en este bosque- dijo, mientras a unos metros divisaba finalmente el borde del precipicio y una sonrisa, lentamente se dibujaba en su rostro.
-¡Por favor, Joaquín! No seas pendejo, mi Padre no es así. El año pasado intentó dispararle al jefe de la cuadrilla del cafetal y temblaba tanto su brazo con la escopeta en él, que terminó por matar a un jabalí que en ese momento estaba entre uno de los cafetales.- dijo Bertha, mientras lentamente dejaba caer aquel costal lleno de miembros desmembrados.

En ese momento, escucharon a varias voces subir por el monte. Desde lo lejos, pequeñas luces de las antorchas, rojas por las brasas como lo estaban enojados aquellos quienes las portaban, empezaban a aparecer mas cerca de aquellos dos criminales.

-¿Crees que sepan, Joaquín?- preguntó la mujer.
-¡Por favor, Bertha! Tu Padre les ha enviado porque creen que te has escapado conmigo, pero no saben por qué estamos aqui, así que anda, a la cuenta de tres hechamos esto al vació y nos olvidamos de toda esta mierda para siempre- dijo Joaquín mientras al mismo tiempo una de sus manos rosaba su frente para secar el sudor de aquella noche tan ajetreada.
- ¡Lista!- dijo Bertha.
-¡Venga!- y los dos al mismo tiempo iniciaron- ¡Una... dos... t.....!- un silencio, un quejido breve y un grito arrollador-.

Joaquín tropezó con una piedra y al mismo tiempo que balanceaba el costal dentro del cual se encontraba Bucéfalo, el buey chillón del establo, descuartizado y mal acomodado dentro de esa bolsa de fibras, el impulso de todo ese peso lo llevo hacia adelante. Jamás soltó el paquete y aquellas manos encontraron su destino sellado en el fondo del precipicio. Y mientras cae al precipicio, Joaquín recuerda por último aquellas palabras antes de asesinar al becerro chillón.

-Joaquín, la noche ya lo sabe- le dijo Bertha.

La noche, bajo el velo de su negro ego, guardó silencio.

No hay comentarios: