<<¡Bam!>>. Un disparo seco y lejano recorrió las paredes de aquel cañon de piedra rojiza, mientras el olor a muerte se impregnaba en el aire atrapado de aquel inóspito lugar. Tenía miedo de seguir vivo. Miedo de continuar aquella vida sabiendo que pronto dejaría escapar los sentimientos surgidos de un amor de tiempos, de un amor pasado. Todo se volvía negro. La pes de la intranquilidad, animal insaciable de las penas y ansias de una mente intranquila como la mía, invadían cada vez mas a mi alma torturada por las consecuencias de mis actos hechos. No había remedio, y de donde yo nací, el remedio ni la muerte al alma puede dar.
Mientras caía de espalda, el azul del cielo se posó en mis ojos, destellante e infinito ahí arriba, inmóvil; sin vida, sin preocupaciones. La calma hetérea de las ilusiones humanas. No había esperanza para ella, y no quedaba ninguna en mi. Nadie esperaba en aquella casa de sueños en donde el tiempo, privado de libertad y de juicio para mi, ya no tenía camino a donde andar. Y al caer de rodillas, miré a sus ojos. Su mirada... ni estando en el cielo o en el infierno olvidaré aquella mirada tan lastimosa y llena de enajenación empedernida, ebria de amor y sosegada por el dolor de una partida.
Cerré mis ojos y respire profundamente: olía a magnolías. Y finalmente llegué a casa.
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