Al despertar por la mañana lo único que encontré fue una cama vacía y una almohada con la silueta dibujada de una figura femenina, olía a rosas frescas y ya eran las ocho de la mañana. Era Jueves.
Desperté, abrumado y confundido por aquella imagen que no esperaba encontrar, cuando pensaba que nada podía perder; ahora me doy cuenta de que estaba equivocado. Susana de Vega era una mujer sencilla, de delgado y con una mirada que calmaba a cualquier alma que se encontrará en pleno fervor de la batalla interna. La había conocido años atrás, cuando en una cena, mientras paseaba por uno de los jardínes del Castillo de Chapultepec; llevaba horas perdido sin poder encontrar el camino de regreso al salón mayor. Aquella noche, el cielo estaba despejado, algo inusual en la Ciudad de México y la luna parecía una perla suspendida en aquel mar de arenas destellantes que recordaban a cualquiera el pasado antiguo de todo lo que nos rodea, de amores desaparecidos y amores por venir. Y el mió estaba en camino. Se acercaba a mi con un par de zapatillas rojas, un vestido blanco de escote discreto y espalda descubierta, con la delicadeza tallada por todo su cuerpo sin signos de imperfección. Perfecta. Traía en la mano un martini seco y a cada paso que daba, como flotando en el aire, el líquido contoneaba dentro de la copa con singular ritmo.
Lo siguiente, es completamente confuso. Ahora no recuerdo más allá de aquel beso de buenas noches. Miró a la almohada y me doy cuenta de lo que siempre fue y lo que ahora, mas claro que nunca, es. La soledad siempre fue mi fiel compañera.
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