Llegó el jardinero temprano por la mañana y su aspecto, con piel morena y habana por los rayos del sol cubano, parecía más el de un hombre sin una pluma de esperanza, arrojado a los fuegos de la vida bajo las leyes de la fortuna indocumentada; guerrero de plagas y marino de exilio de aquella isla en el Caribe, se quitó el sombrero frente a Fernanda Quintero y con voz suave y clara dijo a su patrona: "Señora, las rosas que ha pedido no han llegado. El mercader, según tengo entendido, fue muerto a balazos.". Fernanda Quintero es una mujer de cuerpo definido por las curvas que, hasta al mas animal de los animales, incitan a pecar hasta en sueños ajenos; proveniente de una familia española, venida en el último barco que zarpó del puerto de Tres Palos hacia la libertad alejada del franquismo , heredó la casa de su abuela, una mujer peninsular que llegó acompañando a un regente capitalino poderoso del México moderno. La casa, de estilo neoclásico y construida en cantera y mármol blanco, posee uno de los jardines mas grandes de la ciudad; sus grandes abetos y hayas, que sobresalen por encima de la casa como torres de guardia, emergen de aquel laberinto construido por zarzales espinosos, todos, plantados por su abuela. Pero, para el gusto de Fernanda Quintero, el centro de este laberinto carece de vida y mientras caminaba entre los florales de Xochimilco, divisó a un mercader con rosas de todos tamaños y colores que celosamente cuidaba de ellos, cual padre a sus hijos. "¿Cuánto pide por todas sus rosas?" preguntó Fernanda. Aquel hombre, sin saber que responder, la miró extrañado de aquella propuesta tan poco usual. "Mi señora, ni mil monedas de plata podrían comprar la belleza que he cultivado en estas rosas"
Fernanda Quintero, extrañada de la respuesta de aquel individuo, agradeció molesta entre dientes y se retiró discretamente, buscando entre las carpas de Xochimilco flores que dieran vida al centro de aquel monstruoso laberinto. Buscó entre aquella algarabía y tumulto, algo que llamara su atención, pero no podía sacar de su cabeza aquellas rosas cuya belleza solo se comparaba con la sonrisa de Fernanda. Regresó de nuevo a donde el mercader y esta vez, sin titubear en ningún momento, mandó llamar frente al mercader a dos de sus hombres. Estos, tan gordos y fofos como dos gorilas gigantes, calvos y barbudos, dejaron caer a los pies del mercader dos bolsas repletas con diez mil monedas de plata fina. Fernanda, dijo al mercader: "Mandaré por ellas hoy en la tarde". El mercader enmudeció y casi sin movimiento alguno, asintió sin nada más que decir. Fernanda Quintero salió del mercado acompañada de sus dos gorilas amaestrados, quienes no miraban más allá de lo que su mente les permitía; fríos y mudos, acompañaron a aquella belleza hasta su automóvil para irse, lo más seguro, al país de las ilusiones de todo pobre, en donde se desayuna con porcelana y el dinero es solo un artículo más de reciclaje.
Cuando Fernanada Quintero escuchó las palabras de su jardinero, una sonrisa de impotencia, oprimida por la ira de tal derroche de dinero, se dibujó en su rostro. Y la carta decía:
"Mi señora
Lamento mucho que usted no reciba sus rosas. Disculpe usted tal atrevimiento, pero como le dije, mis rosas las ha de conocer el mundo y no solo un par de ojos atrapados en el cuerpo deseado por cada hombre de esta ciudad. Así mismo, siento informarle que no hay rosas para su jardín. Dejo con usted esta rosa blanca, esperando que usted sea consiente de que sus ojos, sus labios, su cuerpo e incluso, su dinero, no son suficientes para comprar a un hombre que cultiva belleza en un mundo de agonías".
Y mientras Fernanda Quintero, sentada en aquella silla cual trono al centro del pórtico, arrugaba con irá aquella carta desgraciada, fumó de su cigarrillo y miró al cielo con rabia. Un viento suave arranco de su mano aquella carta y mientras un par de cenizas la acompañaban, Fernanda Quintero guardo silencio. Y la lluvia comenzó a caer.
No hay comentarios:
Publicar un comentario