martes, 4 de enero de 2011

Las fantásticas historias de Malituta y los argonautas de Xal' Ka Capítulo II

La desesperación y el hambre la han consumido poco a poco, dejándole un vació más allá del estómago y que se refleja en aquella figura esquelética que intenta mantenerse de pie en aquella habitación de muerte en donde, la tierra roja humedecida y un par de paredes de madera podrida, resguardan cual ataúd lo poco que queda de aquella pequeña niña. Pero, en la selva todo es dinámico y todo cambia de un momento a otro y la suerte de este pequeño ser no es ajena al cambio constante que sufre la selva misma.

Al salir de aquella guarida, Malituta camina tambaleante hacia un montículo de tierra roja junto a la raíz de una Caoba Negra, repleta de gruesas lianas al rededor del tronco y con varios escapularios que han colocado a lo ancho del tronco de aquel árbol tan majestuoso. Su copa, tan alta que cuando se le intenta ver, la luz del sol resguarda celosamente el final de aquel majestuoso árbol, cubre con su sombra a toda la aldea que se ha postrado alrededor del árbol; su raíces guardan una serie de canales naturales tallados por el agua que recojen las hojas de lo alto y que alimentan a las quince familias que se han resguardado en medio de esta selva. Y, conforme avanza Malituta hacia aquel montículo de tierras rojas, sus ojos, perlas blancas y de color miel que se codiciarían en cualquier mercado negro, se tornan rojos y húmedos, e inveitablemente una lágrima rebala por su mejilla hasta sus labios gruesos y carnosos; es la tumba de su padre que buscaba un camino que le contactara con el mundo exterior y que, la mañana anterior, fue encontrado por el sabio de la aldea colgando de lo alto de una palma y con una leyenda en su torso: "Son los que siguen".

Nadie abandonaría aquel lugar, y Malituta sabia eso. Y mientras avanzaba triste y desconsolada hacia el montículo de su padre, se escuchó un estruendo proveniente del interior de la selva; y después, un viento fuerte golpeo a todos los que se paraban alrededor de aquella Caoba. "Ya están ahi" pensó Malituta. Y lentamente se arrodilló frente a la tumba de su progenitor, mientras calmada y débil aguardaba su destino que se encaminaba hacia su aldea con armas de fuego y hombres que en algún momento eran llamados "hombres".

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