El día comenzó con una vicera que cubría el valle de la ciudad por completo, dejando ver la luz de la mañana sobre los poblados de la mañana mientras la bruma, celosa de cualquier otra cosa, cobija con cuidado a la ciudad. El rocío de la mañana subre como gotas de arena los pastos y hojas de los bosques alrededor de aquella cabaña en medio de la nada, cubierta entre los troncos de haya y pastos altos que han crecido por la temporada de lluvias. Mientras un hombre con un aire urbano sale de la cabaña, observando con cuidado su entorno y cuidando de que nadie mas que él se encuentre cerca, el viento hace una primera reverencia, saludando a aquel cotidiano extraño mientras las esporas de los árboles vuelan como si fuera una navidad dorada.
Mientras va cuesta abajo, camino a la ciudad, carga con él un maletín gris de aspecto misterioso pero que no resguarda otra cosa más que papeles sobre proyectos y cuentas por cobrar de alguno que otro moroso de la empresa para la que trabaja. Porta un traje gris que lo hace parecer una nube mas que desciende por la ladera de la montaña, a pesar de que el color carne en su piel lo distingue de las nubes sin color de vida. Ya todo se ha dicho, o al menos así parece. Al llegar al borde del inicio de la gran urbe, toma un poco de aire y observa a su alrededor detenidamente "Todo es igual" le parece, y continua su camino hacia el lugar de monotonía, que se pierde en la hora del almuerzo cuando, recuerda, se sienta y aparece aquella mujer de vestido blanco, piernas torneadas y tes blanca como la perla. Aquel espejismo en la urbe monótona, rompe con cualquier paradigma y mientras anhela una mirada, un suspiro o una sonrisa, aquella taza de café se enfría, como lo hizo su vida sin ella... Suena el turno de la mañana y todo se vacía, al igual que la vida... al igual que la fantasía.
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