Cuando todo parecía calmo, cuatro hombres arrojaban un bulto sin forma por un puente. Se guardo silencio y al final se escucho el estremecer del agua. Eran las dos y cuarenta minutos de la madrugada y nada contradecía el destino de aquel bulto. El fondo era su final.
El director del museo del INAH, Don Roberto Vega, había logrado traer a su galería los cuadros más preciados de Julian Petracolli, que retrataban la belleza de la nada, lo hetéreo de lo infinito, el sabor de la belleza femenina en cada línea dibujada. Durante años peleó contra los dinosaurios y grupos conservadores defensores del arte internacional como principal fuente de asistencia para el museo; sin embargo, antes de la muerte anunciada de Julian Petracolli le había conocido en el parque de la Alameda, cuando el invierno cubría de frío y nostalgia las calles del centro de una Ciudad de México vacía por el temor de aquella terrible epidemia. En medio de tal caos, el artista había prestado atención a todo cuerpo femenino de curvas ostentosas que caminara cerca del parque; poseía el don del desnudo en vista que le permitía dibujar y mejorar a través del trazo, cualquier rasgo físico e incluso humano que su modelo presentará. Doscientos cuadros, con doscientas mujeres diferentes. Todas ellas mostradas en su más pura representación de la liberación de la mente en la cabeza de un pintor. Todas, excepto una. Y fue este cuadro el que había llamado la atención de Don Roberto Vega.
Julian Petracolli la había encontrado a la mitad de la noche mientras tal celestial visión se aparecía bajo la luz de un faro público. Todo en ella era perfecto, sin nada que mejorar. Petracolli no sabía que mejorar, ni siquiera sabía como pintar a tal aparición y plasmarla con sus propias manos en pedazo de tela que, el tiempo se encargaría poco a poco de destruir con sigilo, era una tarea difícil de lograr. Aquella noche, recuerda el pintor, tome mi lápiz y comencé a dibujar. Era imposible evitar que mi mano temblara mientras el cigarrillo que aquella extraña belleza sostenía en su mano se desvanecía en la eternidad de la atmósfera.... (continua...)
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