Estiró el brazo para tomar su mano y sin dudarlo ni un momento, Patricia Vidarosso aparto su mano de la mesa, dejando sobre esta una mano desconocida extendida que buscaba una respuesta a una pregunta de amor y que no saldría aunque esperara escuchar el suspiro de un árbol. Miró al horizonte y la cara de aquel extraño, que se escondía en el infinito de un velo negro, observó fijamente por encima del hombro de Patricia Vidarosso y encontró un punto brillante a lo lejos, justo detrás de una gran canica azul que lentamente aparecía por el horizonte; mientras esta esfera apresurada salía hacia la negrura del infinito, el extraño intentó cubrir su cara de la luz de aquella esfera lejana amarilla e inherte en medio de todo lo que igual se movía inherte en el espacio, por el simple hecho de exstir y permanecer en el todo.
Los ojos de Patricia Vidorosso buscaron esa mirada de aquel extraño pero no encontró ojos algunos en donde reflejar su alma; se había quitado los ojos pues estaba cansado de ver como noche tras noche, mes tras mes, año tras año, los fantasmas del pasado le perseguían mientras se preguntaba si la decisión de hacer un pasado había sido la correcta; se cansó de observar como las personas se burlaban de lo que se decía sobre sus sentimientos y lo que tanto, en algún momento de su vida, llegaría a sentir por aquel ser perfecto creado del costado del primer hombre. Era imposible. Patricia Vidorosso se había ya convertido en algo más del pasado y cuando aquel extraño, al final retiró la mano de la mesa, aquella creatura exhalo el último aliento de vida y sin mirar al extraño, su cuerpo se volvió roca y permaneció ahi sentada sobre el Mar de la Tranquilidad, con la Tierra a sus espaldas y la luz de la verdad en las sombras.
Y sobre la única mesa en toda la luna, dos copas inhertes sobre aquella mesa sin gravedad adornan el horizonte, despidiendo a la infinta obscuridad.
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