martes, 9 de septiembre de 2008

De noche, las rosas lloran

- Esta noche voy a morir-.

Seguido de esto, un gesto de desconcierto se dibujó sobre aquel blanco rostro que buscaba en su mente una explicación lógica y coherente a una aseveración tan fuerte como la anterior.

- Voy a morir y solo yo imagino el porque de mi muerte- dijo Durán Montero mientras sus manos temblaban sin control alguno.
- ¡Ya vas a empezar con eso de nuevo! ¿Qué no te cansas de decirmelo cada que nos peleamos?-.

Hacía cuatro meses y dos noches que Enola Villanegra conocía a Durán. Fue una de aquellas coincidencias mientras ella esperaba el tren de la Avenida 11 y de su bolsa, llena como costal de viejas reliquias, resbaló un espejo de bolsillo con la cubierta plateada y con un grabado que decia: "La belleza cual poema"; fue entonces cuando Durán Montero, haciendo uso de todas sus facultades morales y éticas, tomo del piso del andén aquel espejo mientras su dueña caminaba sin haberse percatado que de su bolso había caido aquel cachibache tan indispensable en la bolsa de una dama, y corrió trás de ella para alcanzarla cuando en ese momento las puertas se habían cerrado y el sostenía con inseguirdad aquel espejo que lo obligaba a pensar que algún día tendría que regresar a manos de su dueña. Para lograr tal cometido y llevar a cabo aquel encuentro, serían necesarias dos noches de sueños trás una columna en la estación del subterraneo soportando el chillar de las ratas que buscaban desesperadamente cobijo alguno bajo aquellas lámparas fluorescentes que colgaban del techo de la estación.

Valió la pena. Dos noches después ahi estaba aquella mujer de rostro simple y mirada tenue detrás de la línea amarilla del andén, esperando algo mas que la simple llegada del tren que la llevaría a su destino; fue entonces cuando Durán Montero olvidó por completo los anteroriores titubeos que había tenido, junto con ellos las dificultades extremas del habla y la expresión, siempre que intentaba acercarse a una mujer que le gustaba. Pero esta vez todo fue diferente y mientras aquel extraño hombre entregaba el paquete poco inusual a la dama vestida de negro, un roce de manos tan suave y delicado como una hoja de papiro concerto aquel encuentro, deteniéndolo entre el tiempo y el espacio, desafiando a toda ley física que en el momento existiera...

La mano ensangrentada de Enola Villanegra presionaba fuerte el pecho de su compañero; pero era claro que ya el destino estaba figado. Durán Montero habría de pagar por las lágrimas que le había hecho derramar y todo por un bolso, dos encapuchados, un anillo al filo de la alcantarilla y una promesa por cumplir. Un nudo se formo en la garganta de aquella mujer de negro y suavemente pregunto al oido:
- ¿Pero es que ni ahora puedes dejar de decir estupideces? Resiste, estarás bien.- exclamó mientras una lágirma brotaba de sus ojos.
- Es verdad... ¿Rara... la forma... en que te conocí.... no?- la voz de Durán ya casi se extingía...
- ¿Crees que uno de mis peinados ayude ahora?- preguntó Enola con calma.
- No... - y sonriendo excalmó- ya llegó.

A lo lejos se escucha el rechinar de las llantas de un tren que parece no detenerse y un suspiro escapa por el tunel hacia la libertad. La dama de negro guarda silencio mientras observa atenta a su jardín, esperando a que las rosas lloren por a la luz de la luna. Enola espera.




No hay comentarios: